EL ESPACIO DE LOS CUENTEROS (rss)

Un espacio para que dejes volar tu imaginación y escribas un relato o una poesía. ¿Qué estás leyendo? ¿Recomiendas algún libro o autor?¿Hacemos un poema compartido? ¿Te apetece un juego con palabras? ¡Entra!

Re: EL ESPACIO DE LOS CUENTEROS

Notapor yelzhar » Lun 25 Oct, 2010 10:00 am

Hasta hoy no había visto este espacio. Me han gustado mucho todas las historias. Hay que seguir publicando, ¿Eh?
Avatar de Usuario
yelzhar
Administrador
 
Mensajes: 7237
Registrado: Vie 20 Ago, 2010 2:38 pm
Ubicación: Gran Canaria
Gracias dadas: 553
Gracias recibidas: 685

Re: EL ESPACIO DE LOS CUENTEROS

Notapor Anacrónico » Mié 02 Feb, 2011 8:46 am

EL RELATO MÁS CONFUSO



El novel escritor que aspiraba a ser Nobel, contempló la hoja durante unos instantes, luego sin pensarlo más, ante la imposibilidad de encontrar un tema adecuado, se puso a escribir acerca de la imposibilidad de encontrar un tema adecuado. Cuando llegó a esta última palabra se detuvo sin hallar que más decir. A la espera de la musa, optó por revisar lo hasta entonces escrito. Hablaba en tercera persona de manera tal, que el relato que hacía era idéntico al que usted querido lector está leyendo. En este punto observó con inquietud dos inconsistencias: que escribía, en tiempo pasado y que “Querido lector” le sonaba a frase de cajón. ¿Qué hacer entonces si escribía en tiempo pasado a su querido lector del futuro, que leería su cuento cuando el tiempo cambiara a presente?, ¿por qué decirle querido a alguien que no se conoce?, el solo hecho de que lo leyera, no era valedera razón para hacerlo. Podría ser una persona detestable. Esta idea le indignó, se imaginó al muy maldito, arrellanado en un sillón disfrutando de lo que a él, riguroso relator tanto le costaba hacer, humm el muy maldito… ¿o sería maldita? cabía la posibilidad que no fuera él sino ella. Lo cual haría aún más confuso el relato… ¿Aún más confuso el relato?... no le convencía esta oración, algo sobraba. ¡Claro!, era el aún. Lo tachó, para sólo dejar más confuso el relato; con más era suficiente. Pero más y suficiente no son sinónimos ¿Por qué decir entonces, que más, era suficiente si no lo era? Lo contrario de más es menos y de suficiente, escaso… y también demasiado. ¿Cómo rayos es eso de que suficiente es antónimo de escaso sin ser sinónimo de demasiado? Esta absurda e incontrovertible paradoja mucho le confundió, pero ASÍ ERA, ES Y SERÁ. La anterior frase le mitigó un poco la pena, la escribió en mayúsculas para resaltar que por lo menos ahí, no tenía problemas con el tiempo.



Para entonces, la ausencia de tema le importaba un pepino, lo urgente era resolver aquello de querido lector, luego vérselas con “con más era suficiente”…¡Diablos!, otro problema, note querido o maldito lector, (por ahora dejémoslo en masculino) que al con, que está entre comillas le antecede otro con.
¡Dos preposiciones con seguidas!; eso es grotesco y de paso hay que modificar el anterior enunciado, ése que está entre signos de admiración, porque puede ser mal interpretado. Un lector veloz podría unir con, con seguidas, alterando el sentido de la frase, luego ésta, quedaría así: dos preposiciones conseguidas. Y tampoco suena bien con, con seguidas, debido a que aparece, otro concon.


Si a estas alturas, querida o maldita lectora, no tiene idea de cuál es el segundo concon al que se refiere el autor basta que mire el que está resaltado con negrilla. ¿Ya vio cuál? Sí, ése precisamente. Aunque si se le mira bien es el tercero, pero tomado del segundo para ponerlo en negrilla como prueba fehaciente de que ya se captó el error al segundo ¿Bueno y si el error estaba en el segundo porque la negrilla es para el tercero? Sencillo; es debido a que en el segundo no se había notado aún la cacofonía y de haberse notado no habría sido escrita y no habría ningún tercero pues sin primero no hay segundo y sin segundo, tercero. Lógica elemental.


Hasta aquí está todo claro, ¿o no? ¿Qué por qué jadeo? Yo no estoy jadeando, quien lo hace es el escritor o mejor dicho jadeaba, porque para cuando usted esté leyendo esto, él habrá dejado de jadear.


Mejor retomemos al cuentista en pugna con su obra.
En una segunda revisión quiso definir el sexo de su eventual lector/a. ¿Mas como llamarlo o llamarla? ¿El o ella? Recordó que suficiente era intermedio entre escaso y demasiado o sea neutro. ¿Cómo no lo había pensado antes? un artículo neutro era la solución que estaba buscando para tan genital dilema. Su razonamiento fue el siguiente: “Lo” es a “El” y a “La”, lo que “Ello” es a “El” y a “Ella” por consiguiente a quien me lee, a partir de este momento lo llamaré Ello y para evitarme complicaciones le despojaré (le agradó ese “Le”, porque no definía género) de adjetivos superfluos e insustanciales. Dudó en superfluos e insustanciales por parecerle el adjetivo superfluo, insustancial y el calificativo insustancial, superfluo. Claro está, que estas correcciones las hacía mentalmente, era evidente que rápidamente cobraba experiencia. Otro atractivo que tenía la supresión de adjetivos era que así respetaba la tácita norma de prescindir de palabras innecesarias en el texto.


Con renovado brío reinició la construcción de la historia. Sintiendo que por primera vez escribía algo verdaderamente grande, que rompía con todos los esquemas literarios, aun los más revolucionarios, puesto que el afortunado cuento que estaba brotando de su pluma era a la vez borrador y versión corregida y eso hasta entonces nadie lo había hecho.
Reivindico el espejismo, de intentar ser uno mismo, ese viaje hacia la nada, que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada la belleza
L. E. Aute
Avatar de Usuario
Anacrónico
Grammy
 
Mensajes: 1644
Registrado: Sab 12 May, 2007 1:34 pm
Ubicación: Dentro de mi
Gracias dadas: 6
Gracias recibidas: 47

Re: EL ESPACIO DE LOS CUENTEROS

Notapor Adolfo » Lun 20 Jun, 2011 9:48 pm

El Círculo

Día de pago. Día de cuentas. Algo de efectivo para mí. Para unos cigarrillos, una revista, un refresco... el resto del digno salario que percibo se va al pozo sin fondo que es la vida... los zapatos, la chaqueta, la camisa tendrán que esperar para el bono de navidad... si me va bien... ¡ah, y ésta es la vida con la que soñé cuando niño!

Camino unas cuadras para ahorrarme lo del segundo autobús, pequeño ahorro que se agradece cuando llega el fin de mes. Tomo por un pequeño recodo y entonces veo a la mujer y a la niña, sentadas a la puerta de una casucha. Flacas, desaliñadas, desesperanzadas... la chiquilla, de 7 u 8 años, llora el llanto seco y amargo del hambre. La madre ve el camino sin realmente mirarlo. Ninguna me presta atención y soy sólo una sombra más que pasa frente a su dolor.

Los sollozos de la niña, tan conocidos, tan familiares, me acompañan 10, 15, 100 metros hasta que me detengo y regreso sobre mis pasos... la madre recibe con indiferencia una caridad que no pidió, y la chiquilla me ve con curiosidad temerosa...

La calle hacia casa se me hace más larga y solitaria, y los recuerdos de una niñez supuestamente olvidada despiertan en la penumbra de las esquinas...

Día de pago. Día de cuentas...
Libre... al fin...
Adolfo
Disco de Oro
 
Mensajes: 373
Registrado: Mié 24 Jun, 2009 10:21 pm
Ubicación: Ciudad Guatemala
Gracias dadas: 0
Gracias recibidas: 10

Re: EL ESPACIO DE LOS CUENTEROS

Notapor esencia » Mié 14 Sep, 2011 1:54 pm

...No se si este será del éstilo de este hilo, pero es un cuento muy curioso que un día dió pie a despertar la creatividad de mis alumnos, y descubrí talento que nunca imaginé, todos los cuentos que nos enseñaron cambiaron de la noche a la mañana convirtiendose en verdaderas aventuras ...una experiencia inolvidable para mi......

        Caperucita Roja

Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver.
Detuve la bicicleta y desmonté. La saludé con respeto y alegría. Ella hizo con el chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.
– ¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
–Quiero regalarte una flor, niña linda.
– ¿Esa flor? No veo por qué.
–Está llena de belleza –dije, lleno de emoción.
–No veo la belleza –dijo Caperucita. Es una flor como cualquier otra.
Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
–Mira mi reguero de lágrimas.
– ¿Te caíste? –dijo. Corre a un hospital.
–No me caí.
–Así parece porque no te veo las heridas.
–Las heridas están en mi corazón -dije.
–Eres un imbécil.
Escupió el chicle con la violencia de una bala.
Volvió a alejarse sin despedirse.
Sentí que el polvo era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui hasta el pueblo y me tomé unas cervezas. “Bonito disfraz”, me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
– ¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
–Estoy de vacaciones –dijo. ¿O te parece que éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
– ¿Y qué llevas en el canasto?
–Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.
–Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
–Es un experimento –dijo Caperucita. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.
–La receta funciona –dijo. Voy a venderla.
Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo:
–Cómete a la abuela.
Abrí tamaños ojos.
–Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad.
No podía creerlo.
Le pregunté por qué.
–Es una abuela rica –explicó. Y tengo afán de heredar.
No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.
Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores.
Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo.
Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia.
Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.


Triunfo Arciniegas, Caperucita Roja y otras historias.
Barranquilla, Editorial Comfamiliar.1993.
Después del silencio, la música es lo que más se acerca a la expresión de lo inefable.
Avatar de Usuario
esencia
Moderador
 
Mensajes: 6807
Registrado: Dom 31 Ago, 2008 4:57 am
Ubicación: Bogotá, Colombia.
Gracias dadas: 2943
Gracias recibidas: 1668

Anterior

Volver a ✎ LITERATURA Y POESÍA

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 2 invitados