Ernesto Lecuona (rss)

El son, la trova, la rumba, la balada, los danzoneros...Cuba va

Re: ERNESTO LECUONA

Notapor music70 » Mar 08 Mar, 2011 8:39 pm

Aporte de Musicuba:

Esther Borja - Damisela encantadora
Autor Ernesto Lecuona





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Re: ERNESTO LECUONA

Notapor music70 » Mié 09 Mar, 2011 12:24 am

Esther Borja - Noche Azul
Autor: Ernesto Lecuona

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Re: ERNESTO LECUONA

Notapor music70 » Mié 09 Mar, 2011 12:26 am

Esther Borja - la comparsa
Autor: Ernesto Lecuona



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Re: ERNESTO LECUONA

Notapor Roberto García. » Mié 09 Mar, 2011 1:20 am

Gracias music70 , esa Damisela encantadora por Esther Borja esta maravillosa.... :clap:
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Re: ERNESTO LECUONA

Notapor music70 » Mié 09 Mar, 2011 1:28 am

A ti amigo es tu aporte, tu encontraste la pagina de Esther Borja :clap:
yo solo lo subi al foro. :OK:
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Re: ERNESTO LECUONA

Notapor Roberto García. » Vie 23 Sep, 2011 1:05 am


Maria la O - Ernesto Lecuona
Canta:Libertad Lamarque






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Re: ERNESTO LECUONA

Notapor Roberto García. » Lun 17 Oct, 2011 11:38 pm

Canto Karabali - Ernesto Lecuona
Canta : Elena Madera con Lou Pérez
Lo pueden escuchar acá :
http://soulskabis.blog.rendez-vous.be/1 ... ra-stereo/
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LP Columbia EX-5060 “¡Qué buena está… Elena!” Elena Madera con la orquesta de Lou Pérez. Según las notas al disco, el padre de Elena era de las Indias Occidentales y la madre cubana; se crió en Nueva York y comenzó como bailarina en el Palladium, actuando después en México.





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Re: ERNESTO LECUONA

Notapor Roberto García. » Mar 24 Abr, 2012 4:23 pm

music70 escribió:Esther Borja - la comparsa
Autor: Ernesto Lecuona



La Comparsa: joven de 100 años
Por Orlando González Esteva
Noticias Martí/19 de abril de 2012.

La comparsa cumple cien años: habría que estar sordo para no celebrarlo. Se trata de una de las composiciones cubanas más bellas y célebres del siglo XX, y de una cuyas primeras notas son capaces de garantizar al compatriota más insensible un reencuentro afortunado con algo de lo más hermoso de su país. No importa que el susodicho haga derroche y hasta alarde de ordinariez: La comparsa, durante un par de minutos escasos, lo civilizará.
Los biógrafos de Ernesto Lecuona sitúan su estreno en el Teatro Sauto de Matanzas. El autor tenía diecisiete años, el éxito fue inmediato y la obra para piano no tardó en rebasar las fronteras nacionales, adoptar título en inglés (For want of a star) y escucharse en adaptaciones para otros instrumentos y arreglos orquestales y vocales. Raro es el pianista cubano que no la incluya en su repertorio, es cheque al portador, y más raro aun es el auditorio que no agradezca escucharla. La comparsa es a la música cubana lo que algunos “Versos sencillos” de José Martí a la poesía de la isla: algo que todo el mundo se sabe (o cree saberse), y algo que parece “fácil” y no lo es tanto.
Entre sus exégetas estuvo a Jorge Mañach: “¿Qué imágenes, qué emociones me vienen a mí de la música de Lecuona? Me llegan una imagen y una emoción íntegramente criollas. Pienso en su famosa Comparsa. Esa lejanía que se va haciendo poco a poco presencia, que tiene un momento de auge frenético y vuelve a perderse luego en melancólico disminuendo. Es una de las composiciones de Lecuona en que la inspiración negra es más evidente, pero sin que se sobreponga al matiz criollo, a ciertas nostalgias de otras cosas que no son la selva pura y que están metidas en nuestra alma con no menos raigambre: la tristeza siboney y la alegría blanca”.
La comparsa puede escucharse interpretada por algunos virtuosos de la isla, pero sus metamorfosis ofrecen al melómano enamorado de ella un caudal de curiosidades: desde versiones de la Banda Nacional de Conciertos de Cuba o la orquesta “Tokio Cuban Boys”, dirigida por el japonés Tadaaki Misago, hasta interpretaciones cantadas del trío Los Panchos, Plácido Domingo y José Luis Rodríguez (“El Puma”), donde el título de la danza es sustituido por El último beso, y la letra oficial (“Escucha el rumor, escucha el sonar, / del seco tambor, de las maracas y el timbal”), por una de carácter amoroso, extraña al espíritu “afrocubano” de la composición, pero más fresca y susceptible de interesar a los seguidores del cantante venezolano.
Manuel Barrueco ha hecho una impecable adaptación para la guitarra, y Willy Chirino ha mezclado, traviesamente, sus notas iniciales con las de una canción de Los Beatles: Because. Entre las versiones más libres se encuentran una de Paquito D´Rivera al saxofón, y otra, que prefiero, al clarinete. El saxofón imprime a La comparsa un aire desengañado, de cantante de cabaret a quien, de tanto beber y trasnochar, se le ha rajado la voz y duda entre la taciturnidad y el arrebato. El clarinete, sin embargo, la vuelve más corpórea pero sin restarle ligereza: escuchándola se la ve deambular sola, a medianoche, por una calle de La Habana, como una jiribilla melancólica y desvelada que el músico, sonriente, sigue de puntillas, y de cuyo instrumento brota como la voluta de humo de la boca del fumador preciosista.
Hay otras dos versiones libérrimas de La comparsa capaces de irritar a sus devotos más tradicionalistas: una, para violín y voz, de Pedro Alfonso, y una para piano, guitarra eléctrica y percusión, de Bebo Valdés, Carlos Emilio Morales y Carlos “Patato” Valdés. La primera es pura diversión: el violinista ataca las primeras notas con la voz, produciendo monosílabos ininteligibles, como alfileres inofensivos, destinados a hacerle cosquillas al aire, donde más que clavarse rebotan y quedan, con la punta mellada, vibrando en el oído. La segunda es pura expansión de virtuosos, marea de improvisaciones que lejos de atentar contra la obra le abren las ventanas que la tradición mantenía cerradas y llenan de buen humor el espacio que se abre dentro y fuera de ella. Escucharla es visitar un patio lleno de voces y juegos de niños. No hay irreverencia: hay homenaje, pero a partir de una destreza y un relajamiento creador que Lecuona, criollo triste y sin embargo zumbón, músico ante todo, hubiera disfrutado y agradecido.
Las versiones simplificadas de La comparsa que interpretan los niños estudiantes de piano en sus exámenes finales no me incomodan: me conmueven. Me incomoda la versión de Ry Cooder incluida en el disco “Sublime ilusión” de Eliades Ochoa y el Cuarteto Patria. El guitarrista norteamericano prescinde del tema en el bajo más característico de la obra, descuida la digitación y trastoca más de una frase melódica, como si lejos de haberse tomado en serio la obra, aprendiéndosela a cabalidad, la tocara de oído y no se la supiera bien. El resultado es una interpretación desigual y monótona, indigna de un músico de su trayectoria.
No rechazo, pues, toda versión de La comparsa que deserte de la versión canónica, pero estimo que la obra jamás debió cantarse, hacerlo la banaliza, y que por más duchos que sean los músicos que la adapten a otros instrumentos y formatos orquestales, nunca será más fiel a sí misma ni dará lo mejor de sí que cuando un buen ejecutante, de formación clásica pero familiarizado con la música popular cubana y sus sutilezas rítmicas, donde reside su gracia, la interprete al piano.
Recuerdo una amiga a quien irritaba, con razón, la tendencia de algunos pianistas a “echarse a correr” a medida que abordaban la sección más brillante de La comparsa, cuando la clave no está en acelerar el tempo sino en incrementar el sonido, porque ese conjunto callejero de músicos y bailadores que evoca y estiliza Lecuona, y que viene de lejos, no aprieta el paso al llegar ante nosotros: sólo lo oímos mejor. El clímax de La comparsa no es cuestión de velocidad sino de intensidad: hay quien las confunde y, en su apremio, convierte la danza en barullo.
Si Cuba desapareciera del mapa, y con ella su cultura, pero sobreviviera La comparsa, ella sola bastaría para dar una idea exacta de quienes fuimos. Y si no de quienes fuimos, de quienes hubiéramos podido ser y de cuyos ideales, torpes, abjuramos.
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Re: Ernesto Lecuona

Notapor Roberto García. » Vie 18 May, 2012 7:09 pm

La Comparsa olvidada en su centenario
Por: Juan Piñera Del Escenario
18/ 05/ 2012

Este año la cultura cubana debiera estar festejando el centenario de una composición que aún escuchamos como si su autor la hubiera escrito hace tan sólo unos días.
Sin embargo, como algunos otros hechos relevantes, no se ha tenido en cuenta y para el año venidero, quizás sea reprochable el descuido por olvidar tan cimero momento del pentagrama cubano.
La obra a la que nos estamos refiriendo es La Comparsa, de Ernesto Lecuona; que se escucha todavía, fresca y lozana, como aquel día en que su autor la interpretó por primera vez, cuando aún estaba bajo la dirección de su maestro, Hubert de Blanck.
Es menester que tales situaciones no se repitan, en tanto esta danza se reconoce como obra cumbre de la creación pianística iberoamericana.
Para más orgullo, La Comparsa ha devenido símbolo de los cubanos y se mantiene –lo seguirá siendo- cual embajadora de la cultura cubana por todo el mundo. Empero, ¿por qué esta breve danza ha pasado la prueba del tiempo?
Quizás sea un misterio imposible de develar. Pero, dentro de la leyenda que es la obra, podemos expresar que fue compuesta por Lecuona; quien, siendo entonces adolescente, manifestó su intuición y talento enormes.
Pero, La Comparsa es también uno de los antecedentes directos y ejemplares del movimiento afrocubanista representado más tarde por escritores como Nicolás Guillén, José Zacarías Tallet y Emilio Ballagas; investigadores de la talla de don Fernando Ortiz y Lydia Cabrera; pintores como Wifredo Lam y Roberto Diago; y una pléyade de músicos representada, entre otros, por los hermanos Grenet, Moisés Simons, Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla.
La Comparsa es una de aquellas obras que no hemos de olvidar y pasar por alto jamás y, aunque aún la escuchemos con placer, asombro y emoción, hemos de conocer y reconocer además, que es un momento cimero de la cultura cubana y punto de giro del pensamiento musical, si bien su autor, el adolescente Ernesto Lecuona no se haya propuesto tamaña empresa.
El autor es compositor e instrumentista, profesor del Instituto Superior de Arte y director de programas de CMBF, Radio Musical Nacional.
Musicuba escribió:No creo que fue olvidada , hasta aqui lo publicamos.Pero si pienso que ya no se hacen esos concierto con la música del maestro Lecuona que se hacia acá en Miami por Mara y Orlando y Grateli. Pero es otros tiempos , quizás ahora no asista casi público , la mayoria son amantes a otros géneros musicales que si venden.
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Re: Ernesto Lecuona

Notapor Roberto García. » Vie 20 Jul, 2012 2:12 am

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Tus ojos azules - Ernesto Lecuona
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Re: Ernesto Lecuona

Notapor Roberto García. » Vie 20 Jul, 2012 2:15 am

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Re: ERNESTO LECUONA

Notapor Roberto García. » Dom 30 Jun, 2013 1:18 pm

Música Atentamente tuyo, Ernesto Lecuona

Un libro en dos volúmenes recoge parte de la correspondencia, escrita entre 1929 y 1960, por quien es ampliamente reconocido como nuestro principal compositor

Carlos Espinosa Domínguez, Misisipi | 07/06/2013
Luego de muchos años en el infierno de censura y olvido al cual se condenaba oficialmente a los artistas que optaban por el camino del exilio, la figura y la obra de Ernesto Lecuona (Guanabacoa, 1895-Santa Cruz de Tenerife, 1963)han sido recuperadas en la Isla. Al igual que en el de muchos otros artistas, en su caso no cabe hablar de una recuperación para la cultura cubana, porque nunca ha dejado de pertenecer a la misma quien es ampliamente reconocido como nuestro principal compositor, además de ser el que más ha contribuido a la difusión internacional de nuestra música.Justo cuando se va a cumplir el medio siglo de su fallecimiento, ha visto laluz Ernesto Lecuona: Cartas (Ediciones Boloña, La Habana, 2012). Se trata deuna obra en dos tomos, que suma en total 676 páginas. Su compilación se debe al periodista e investigador Ramón Fajardo Estrada (Bayamo, 1951). Durante cinco años, este se dedicó a rastrear y recopilar la correspondencia del creador de Siboney. Tras una paciente y laboriosa búsqueda, logró reunir 193 cartas, fechadas entre 1929 y principios de 1960. Para ello, como él precisa, acudió a varias fuentes. Algunas misivas forman parte de los fondos Gonzalo Roig y Ernesto Lecuona del Archivo Nacional de la Música, así como del Archivo Nacional. Las de este último sitio formaban parte de la documentación que se hallaba en El Chico Country Club, la última morada habanera del compositor. Asimismo Fajardo Estrada pudo acceder a cartas que estaban en posesión de personas como María de los Ángeles Santana, Hortensia Coalla y Pedrito Fernández, aparte de otras que Lecuona envió a diarios habaneros. Desafortunadamente, hay una parte del epistolario del músico que se ha perdido para siempre. Cuando este partió definitivamente para Estados Unidos, el 6 de enero de 1960, se llevó consigo su archivo. Sin embargo, no era todo, como comenta Fajardo Estrada: “Partituras, fotografías y otros documentos de su propiedad, entre estos un gran número de epístolas, quedaron entonces bajo el cuidado de Elisa Lecuona, pero lamentablemente, casi la totalidad del archivo de ella -así como la papelería que dejó su hermano- fue lanzado a la calle por los ocupantes de la vivienda de la también pianista y compositora, tras su fallecimiento. La ignorancia acerca del significado de esos materiales indujo tal proceder, que privó a los musicógrafos de la Isla de páginas de inestimable trascendencia”.

El rescate de este epistolario, al que de otro modo no tendríamos acceso, constituye por tanto una valiosa contribución de Fajardo Estrada. El mérito de su trabajo es, sin embargo, doble, pues ha preparado lo que, en propiedad, es un epistolario crítico. Cada carta va acompañada de numerosas notas e introducciones, que revelan intenciones y significados oscuros para el lector de hoy. Este dispone así de una completa documentación adicional, que incluye la identificación de personas, fechas, datos. Asimismo más de la mitad de las páginas del segundo tomo la ocupan las notas biográficas de personalidades mencionadas, otro aspecto que resulta esencial para la mejor comprensión de esos textos. La edición incluye además 200 fotografías, que por lo general se relacionan con el contenido de las cartas en donde aparecen. En resumen, todo lo que resulta imprescindible para poder sacar el mayor provecho de la lectura de esas cartas.
Quienes emprendan la lectura del libro, han de quedar gratamente sorprendidos al descubrir a un Ernesto Lecuona que hasta ahora desconocíamos. Me refiero al hombre que tenía una verdadera afición a escribir cartas, tanto a familiares y amigos, como a artistas, escritores, periodistas, empresarios, directores de casas discográficas y admiradores. Fajardo Estrada anota que, de acuerdo a los recuerdos de personas allegadas a él, “el maestro dedicaba horas de su descanso cotidiano a atender una vasta correspondencia, aunque estuviera inmerso en el complejo proceso de creación, o atareado por ensayos, estrenos de sus obras o preparativos de viajes a naciones de Europa y América. El cansancio nunca le impidió responder -muchas veces a altas horas de la noche- las múltiples misivas recibidas ni redactar las enviadas por él a tanta gente con la que se relacionó dentro y fuera de Cuba”.
Esas cartas demuestran que a Lecuona no solo que le encantaba escribir cartas, sino también que sabía escribir bien. No es casual que unas cuantas de las mismas se reprodujeran en la prensa de la época. En ellas, el compositor, además de hablar de sus propias experiencias, hace un pormenorizado recuento de todo lo que veía en los países visitados por él en sus giras. Por ejemplo, en octubre de 1931 escribió a Francisco Moreno Plá, periodista del diario El Mundo. Allí plasma sus impresiones sobre Hollywood y autoriza a su amigo a que las dé a conocer, “con un poco de arreglos”. A continuación, copio un fragmento: “Empezaré por decirte, que Hollywood no me hizo ninguna impresión, pues sin conocerlo, ya me lo había imaginado como es: un pueblo, o un barrio, mejor dicho, de Los Ángeles, que quiere ser europeo, sin dejar de ser yankee. Tiene cosas muy bonitas, pero son las menos.// Los Ángeles, en cambio, es una ciudad muy linda en su aspecto yankee. La fama de Los Ángeles como ciudad europea o latina, no se la veo por ninguna parte. Sin embargo, es una ciudad linda.// Respecto a los estudios, siempre pensé lo que he podido comprobar aquí: mucha fantasía y más nada.// Esa fantasía, en que la gente eminentemente cinematográfica cree a ojos cerrados de esos estudios, de los artistas de cine, de Hollywood, etc., es eso: fantasía echada al aire por las revistas y periódicos…// Los artistas de cine, son como otros artistas…
Los hay para todos los gustos… En lo único que se diferencian de los otros

es en los sueldos que ganan semanalmente cuando hacen películas”.

Generoso y solidario con sus colegas Naturalmente, Lecuona se refiere en muchas cartas a sus exitosas presentaciones en el extranjero. En mayo de 1936, se hallaba en Buenos Aires, donde debutó en Radio El Mundo. Envió entonces una carta a Mario Lescano Abella, que este reprodujo en el diario habanero El Avance Criollo. De la misma, es este fragmento: “Después de mi debut en la radio, se recibieron más de cinco mil cartas… todas llenas de felicitaciones, y pidiendo repeticiones de algunos números, entre ellos, Malagueña, y fotografías… autógrafos… etcétera. Mis audiciones, las más caras de Buenos Aires, las compra, las tres por semana, Boccanegra (el aceite de oliva más popular de este país). En los conciertos de los domingos, me presento con una orquesta de 50 profesores; en los de los lunes y jueves, con otra orquesta, de 30 profesores, además de Ernestina y Esther, y los jueves, el tenor Arvizu. La Coalla actuará conmigo en esas audiciones… y todos los elementos que vengan para la compañía cubana, serán invitados por El Mundo para actuar en su «estupendo broadcasting»”.
A Lescano Abella, Lecuona le vuelve a escribir en julio y le comenta: “Debo comunicarte que la Damisela encantadora ha batido todos los récords, pues además de ser ya del dominio público en todo Buenos Aires, se han vendido más de 5.000 ejemplares en cuarenta días. ¡Algo espantoso…! Dicen los editores que no se recuerda otro caso desde La cumparsita… Aquí un éxito de venta, amigo Mario, pasa de 80.000 ejemplares, llegando, en algunos casos, hasta 120.000 ejemplares… Todos esperan que esta «damisela» llegue a esa cifra… Para Vigo me voy sigue el mismo camino”.

En marzo de 1942, el periodista Augusto Ferrer de Couto convocó a un

homenaje al compositor y director Rodrigo Prats Llorens. Se dirigió a Miguel de Grandy y a Carlos Fonts, empresario y dueño del Teatro Martí,respectivamente, para que cedieran ese popular coliseo. De Grandy rehusó, alegando que eso perjudicaría las ganancias económicas de la temporada. Al enterarse, Lecuona envió a Ferrer de Couto la siguiente misiva: “Querido Augusto:// Antes que empresario, soy artista.// Puedes contar con el teatro de la Comedia para celebrar tu anunciado homenaje a Rodrigo Prats, que estimo merecido por todos conceptos.// Al propio tiempo me complazco en brindarte mi actuación personal para esa fiesta que, como todas las organizadas por ti, ha de obtener un éxito digno de Rodrigo Prats y de su organizador.// Atentamente tuyo”.
Fue siempre muy generoso y solidario con sus colegas de profesión, y en numerosas ocasiones les brindó su apoyo. De esa noble actitud suya hay varios ejemplos en el epistolario. En una misiva de julio de 1924, le expresa a Gonzalo Roig: “Haces perfectamente en laborar patrióticamente, pues ese es el trabajo más noble y más honroso que podéis hacer. Hay que pensar siempre en Cuba, y laborar para Cuba… ¡Este ha sido mi lema!”. Y luego escribe: “Hasta en mis canciones lo he demostrado, que he procurado siempre lleven poesías de cubanos… Es un dolor, que habiendo tan grandes poetas en nuestra tierra, haya señores que recurren a los poetas extranjeros… ¿no lo crees tú así? Eso no es hacer labor nacionalista… Es el colmo, que hasta en las obras de canto, tengan por sus versos que arroparse con vestidos ajenos para darles más valor a ellas. Esto siempre lo he combatido, y me parece un error gravísimo, que nos desmerita ante los mismos extranjeros. Yo tengo dos canciones, versificadas por extranjeros, accidentalmente, pero el resto, que es de una mayoría aplastante, llevan poesías de cubanos. Y con la orquesta, debes hacer lomismo, y acabar de una vez con ese extranjerismo que nos empequeñece, y nos está aniquilando”.
Concluyo esta mínima antología, espigada de Ernesto Lecuona: Cartas, con una fechada en abril de 1962, cuando ya el compositor residía en Tampa. Se la dirigió a Emilia Suárez Solar Hernández, madrina de su amigo Pedrito Hernández. En ella, le da las gracias por prender con frecuencia velas a una imagen de la virgen de la Caridad del Cobre que perteneció a él. He aquí el texto:
“Querida Cuca:
“Unas líneas para agradecerle sus frases cariñosas que me envía con el ahijado. Estoy bastante bien. Deseando verlos pronto. Yo creo que pronto, para mayo, estaré con Pedrito en España, pues ya le habrá dicho que se va a estrenar Lola Cruz.
“Quiero dejarle aquí mi agradecimiento por esa luz que usted le pone a mi virgen de la Caridad… Ella se lo agradecerá mucho… Esa virgencita mía es muy milagrosa. A mí me ha concedido casi todo lo humano que le he pedido. Yo casi podría decirle que TODO… Si yo le dijera a usted los milagros que me ha hecho esa virgencita, se quedaría usted asombrada. Pedrito sabe de algunos de esos milagros.

“¡Siga encendiendo esa luz!... ¡Y muchas gracias por ello!

“Que siga bien… ¡No suba y baje muchas veces esos tres pisos!... ¡No es

saludable!

“Nos veremos después de mi viaje a España.

“Un abrazo para usted,

“Ernesto Lecuona”.

Excelente libro y crónica, pero…

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Re: Ernesto Lecuona

Notapor Roberto García. » Dom 30 Jun, 2013 1:22 pm

A propósito de Ernesto Lecuona: cartas

Cristóbal Díaz-Ayala, San Juan | 21/06/2013

Recientemente y en estas mismas páginas, Carlos Espinosa Domínguez, como nos tiene acostumbrados, hizo una cuidadosa y detallada crítica al libro editado el año pasado en Cuba, Ernesto Lecuona: cartas, selección y anotaciones de Ramón Fajardo Estrada. La obra, en dos tomos, con un total de 772 páginas (no sé por qué, Espinosa menciona 676 páginas), es como señala su comentarista, un epistolario crítico, porque el investigador, nos da, dice Espinosa, “numerosas notas e introducciones, que revelan intenciones y significados oscuros para el lector de hoy”. Como si esto fuera poco, en el segundo tomo dedica 224 páginas a lo que llama “Notas biográficas de personalidades mencionadas” y es en realidad un Diccionario biográfico que además de ayudarnos a comprender mejor las cartas, es un aporte importante a la historiografía de Cuba y su música.

Además de ser un excelente cultivador de este perdido arte de la correspondencia, como señala Espinosa, Lecuona se retrata asimismo en sus cartas: su generosidad, su sentido del humor, la mezcla poco común de un músico entregado de lleno a su carrera como compositor e intérprete, pero al que aún le queda tiempo para ser un astuto y cuidadoso empresario, que calcula objetivamente riesgos y posibilidades, que sabe “engatusar” a sus artistas, a “la cuadra de Lecuona”, como en el ambiente de la época se señalaba a la pléyade de artistas que bajo sus órdenes y consejos, hicieron brillantes carreras. Así, cuando está preparando alguna nueva producción, le escribe a su gente, les va contando los preparativos, decorados, vestuario, etc.; en fin los va enamorando…

Hay otros detalles interesantes de su epistolario, cómo sabe describir en breves líneas, como todo un señor periodista, el ambiente de Hollywood, (como bien resalta Espinosa), el de Buenos Aires o el de otras ciudades. Además, en cada país por donde pasa, menciona a los músicos cubanos existentes en el mismo, da detalles sobre ellos, y muchas veces los incorpora a sus presentaciones; gracias a ello, sabemos de artistas cubanos totalmente olvidados en Cuba, e inclusive de giras por esos países de orquestas cubanas, como la Havana Casino, de lo que no teníamos detalles.

Hay mucha tela por donde cortar en este epistolario que comienza con una carta suya a Gonzalo Roig de 1918, y termina con una a Hortensia Coalla en 1963: Mucho que aprender, y pensar. Pero quedan varias dudas. Fajardo señala en el prólogo, las fuentes a las que acudió para hacer su trabajo y comienza diciendo: “Mas con su definitiva partida de Cuba hacia Estados Unidos, el 6 de enero de 1960, Ernesto Lecuona se llevó una cuantiosa porción de sus legajos, incluidas numerosas cartas”. Pero no cita de qué fuente saca esa información.

Lecuona regresó a Cuba en enero de 1959, como señala Fajardo en su libro, quien sigue reseñando en la p. 81: “Los cambios que en todos los órdenes ocurrirían en la Isla a partir de enero de 1959 repercutieron también en la Sociedad Nacional de Autores de Cuba, que llegó a esa fecha con José Sánchez Arcilla y Ernesto Lecuona, en los respectivos cargos de presidente y vicepresidente, pero de manera provisional”. Es bueno que en esta etapa semi-revisionista que permite el Gobierno cubano, en que se “recuperan” figuras que fueron borradas de la cultura cubana, el autor toque este tema, y continúe narrando los ataques y acusaciones falsas que sufrieron entre otros, Gonzalo Roig y Ernesto Lecuona, este último renunció a su cargo en la SNAC. Sigue Fajardo reproduciendo la defensa que de ambos hicieron los periodistas de la revista Bohemia en la sección La Farándula pasa, a favor de Lecuona y Roig en septiembre de 1959. Sigue el desfile de ataques y defensas, que en definitiva culmina en la salida del país de Lecuona el 6 de enero de 1960, (p.109), para lo que previamente había solicitado le permitieran sacar del país la suma de $150 de una de sus cuentas bancarias (p. 111) Lo que no dice el libro, es qué pasó con el resto de las cuentas bancarias en Cuba.
En ese ambiente, es difícil que Lecuona se atreviera a sacar documentos, y menos, que se los dejaran pasar; todos sabemos las estrictas medidas de esa época en términos del equipaje.
En cuanto a los dejados en Cuba, Fajardo explica en la p. 7 del tomo 1: “Partituras, fotografías y otros documentos… quedaron entonces bajo el cuidado de Elisa Lecuona, pero lamentablemente, casi la totalidad del archivo de ella —así como la papelería que le dejó su hermano— fue lanzada a la calle por los ocupantes de la vivienda de la también pianista y compositora, tras su fallecimiento”.
Y agrega Fajardo: “Debemos considerar además que luego de morir Lecuona en España, la documentación acumulada en su casa de Tampa,… pasó a manos de familiares o íntimos amigos que designara herederos, entre ellos el abogado John Sperry, quien desde 1945 lo representó en asuntos legales en Norteamérica, mantuvo un largo epistolario con el maestro y custodiaba una alta cifra de expedientes del compositor y pianista”.
Fajardo no comenta si realizó alguna gestión con estas personas o sus herederos, en pos de los documentos de Lecuona… Cuando narra cómo consiguió la documentación usada, dice en la p. 8: “…así como (los fondos) del Archivo Nacional, donde el Departamento de Recuperación de Valores del Estado depositó un lote de ellas junto con disímiles documentos encontrados en la última morada habanera del maestro, en El Chico Country Club”.
En qué quedamos, ¿se quedaron los papeles en los documentos que botaron de casa de la hermana, o se los llevó Lecuona en el barco, o los confiscó el Departamento de Recuperación de Valores (antes llamado de Bienes Malversados) que era el que incautaba las propiedades de los que abandonaban el país y no regresaban?
Del total de 193 cartas que incluye el libro, solo 19 corresponden al periodo 1960-1963; es lógico. 6 están escritas a María de los Ángeles Santana y 7 a Pedrito Fernández, ambos artistas cubanos residentes en Cuba; en ellas, Lecuona habla mayormente de lo que parece ser su obsesión: montar sus obras líricas en teatros de España e invitar a estos y otros artistas cubanos residentes en Cuba, para que participen. En ellas, Lecuona no comenta sobre Cuba; es lógico que así lo hiciera, pues posiblemente podía haber censura y sus comentarios perjudicar a los recipientes.
Es lástima que no haya correspondencia de Lecuona con otros artistas cubanos exilados como él, hay indicios de que en ellas, hablaba con libertad, de lo que pensaba del régimen cubano, y también de algunos artistas de los que se habían quedado. Sin embargo, la última carta de Lecuona sí existe, y es bien conocida: no sabemos por qué el autor no la incluyó. De hecho, hay acceso a ella fácilmente en internet; basta buscar bajo “Ernesto Lecuona, Last will and testament”. En efecto, el testamento es la última carta que escribimos, pues comienza a surtir efecto, precisamente desde el día de nuestra muerte. Otorgado el de Lecuona el primero de junio de 1963 ante tres testigos, en su casa de 5004 North Tampania, Tampa, Florida, se convierte el día de su muerte, el 11 de noviembre de 1963, en Santa Cruz de Tenerife, Canarias, España, en su última carta, la que contiene sus disposiciones testamentarias, y en ella ordena en su acápite tres:
“I direct that I be buried in an appropiate mausoleum in accordance with the judgment of my Executor hereinafter named and provided the cost thereof be practicable. I further provide that my interment be in New York in the event that Fidel Castro or any other head of government in Cuba be Communist or represent such faction, group or clase be it governed or dominated or inspired by alien doctrine from abroad. On the other hand in the event that Cuba be free at the time of my death, I direct that I be buried there in accordance with the same standard herein ser forth”.
La traducción es mía:
“Yo dispongo que sea enterrado en una tumba apropiada de acuerdo con el criterio de mi albacea aquí más adelante nombrado y siempre que el costo sea apropiado. Además dispongo que mi entierro sea en Nueva York en el caso que Fidel Castro o cualquier otro jefe del gobierno en Cuba sea comunista o represente dicha facción, grupo o clase que sea gobernada, dominada o inspirada por doctrinas extranjeras de afuera. Por otra parte, en el evento de que Cuba sea libre al tiempo de mi muerte, dispongo ser enterrado allí de acuerdo con las mismas condiciones antes señaladas”
Creo que es un buena idea que en Cuba se vaya conociendo la verdadera historia de muchas figuras importantes de nuestra cultura que estaban en el “infierno de censura y olvido”, como señala Espinosa, pero vamos a hacerlo bien, en pos de un buen comienzo de una distinta forma de relacionarnos y entendernos; pero sobre la base de que lo pasado se puede obviar, pero no olvidar.
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